En 2025, América Latina y el Caribe generó el 65% de su electricidad con fuentes limpias. El promedio mundial fue del 43%. La región saca veintidós puntos de ventaja al planeta en el indicador que todo el planeta dice querer mejorar.
El desglose, según Ember: hidroeléctrica 40%, solar y eólica 19% —por encima del 17% mundial—, y fósiles 35%, que en 2015 eran el 47%. En Chile, la solar y la eólica ya generan el 38% del total; en Uruguay, el 46%. En Brasil, la generación solar superó a la fósil por primera vez en 2025. En toda la región, solar y eólica generaron cinco veces más electricidad que el carbón. En junio de 2025, según OLADE, la generación renovable regional alcanzó un pico mensual del 71%.
Ahora los precios. Estos son, en dólares por kilovatio-hora, para hogares:
| País | Hogares | Negocios |
|---|---|---|
| Uruguay | 0,252 | 0,124 |
| Chile | 0,218 | 0,161 |
| Colombia | 0,204 | 0,202 |
| Perú | 0,187 | 0,162 |
| Estados Unidos | 0,184 | 0,148 |
| Promedio mundial | 0,170 | 0,162 |
| Brasil | 0,161 | 0,131 |
| México | 0,107 | 0,212 |
| Argentina | 0,080 | 0,094 |
| China | 0,076 | 0,097 |
Un hogar uruguayo paga por su electricidad un 37% más que un hogar estadounidense. Un hogar chileno, un 18% más. Ambos países están entre los que más limpio generan del continente. Con una base de datos distinta —solo residencial, a marzo de 2025—, un estudio del centro CENTRA de la Universidad Adolfo Ibáñez sitúa a Chile como el segundo país más caro de América Latina en electricidad residencial, superado solo por Guatemala. En la serie de GlobalPetrolPrices que aparece arriba, Uruguay queda por delante de Chile. Las dos mediciones no son comparables y no se promedian.
La pregunta obvia —¿por qué la energía más barata de producir llega tan cara al enchufe?— tiene una respuesta que no está en la generación.
I. Lo que se pierde en el camino
Aquí está el dato que ordena todo lo demás, y que casi ningún debate energético latinoamericano incluye.
Según el BID, en las últimas tres décadas América Latina y el Caribe ha perdido, en promedio, el 17% de la energía que genera antes de que llegue a un cliente. Es aproximadamente el triple del promedio de la OCDE. Veintidós de los veintiséis países de la región tienen pérdidas superiores al 10%; solo cuatro están por debajo.
En términos absolutos, esas pérdidas superaron los 120 teravatios-hora en 2019: el equivalente a toda la generación solar y eólica de la región ese año. Toda. Cada panel y cada aerogenerador instalado en América Latina produjeron, ese año, exactamente lo que el sistema desperdició entre la central y el medidor.
El costo para las distribuidoras equivale a entre el 0,19% y el 0,33% del PIB regional, y las emisiones asociadas rondan los cinco a seis millones de toneladas de CO₂ al año. Las pérdidas llamadas "no técnicas" —el eufemismo sectorial para el robo de energía y la conexión clandestina— le cuestan a las distribuidoras de la región más de 16.600 millones de dólares anuales.
Ese número tiene una consecuencia directa sobre la tarifa: la energía perdida la paga el que sí paga.
II. Lo que no se conecta
El segundo componente del precio es la ausencia de un mercado.
La capacidad instalada de interconexión eléctrica en Sudamérica existe y es considerable: 3.200 MW entre Paraguay y Argentina por Yacyretá; 2.200 MW entre Argentina y Brasil por Garabí; cerca de 2.000 MW entre Argentina y Uruguay; 500 MW entre Colombia y Ecuador; 500 MW entre Brasil y Uruguay; 100 MW entre Ecuador y Perú, con un proyecto de 500 MW en contratación.
El nivel promedio de utilización de esas interconexiones en el Cono Sur fue del 35,5% en 2023, frente al 28,4% de 2022.
Dos tercios de la infraestructura de intercambio eléctrico ya construida en Sudamérica no se usa.
Y el desbalance entre lo hecho y lo pendiente es igual de elocuente: 1.679 kilómetros de líneas de interconexión operativas frente a 4.775 kilómetros en proyectos. Las barreras que identifica OLADE no son técnicas: son una planificación nacional orientada a la autosuficiencia energética, restricciones de sincronismo entre sistemas de 50 y 60 hercios, y la ausencia de una autoridad supranacional fuera de la Comunidad Andina.
La consecuencia es que un país con exceso de hidroeléctrica en época de lluvias no puede vendérselo al vecino que en ese momento quema gas. Cada sistema nacional tiene que dimensionarse para su propio pico, con respaldo térmico propio, y ese respaldo —plantas que existen para operar pocos días al año— se paga en la tarifa de todos los días.
III. La factura de la sequía
Que la matriz sea limpia porque es hidroeléctrica tiene una consecuencia que la región vuelve a descubrir con cada ciclo climático: cuando no llueve, se apaga la luz.
Ecuador entró en racionamiento eléctrico el 19 de septiembre de 2024 por crisis hidroeléctrica. Colombia aplicó medidas de racionamiento en abril de 2024 durante El Niño. Chile sufrió un apagón nacional el 25 de febrero de 2025 que dejó a más de un millón de personas sin electricidad. Cuba, que es un caso distinto y peor, acumuló en 2026 seis colapsos totales de su sistema eléctrico, el último el 3 de agosto.
Una matriz con 40% de hidroeléctrica es limpia y es volátil. Gestionar esa volatilidad exige exactamente las dos cosas que la región no tiene: almacenamiento y interconexión. Sin ellas, la alternativa es respaldo térmico caro y ocioso, que es lo que hay, y que es una de las razones por las que la energía limpia llega cara.
IV. Y ahora llegan los centros de datos
Sobre este sistema —con 17% de pérdidas, un tercio de utilización de sus interconexiones y respaldo térmico caro— está a punto de caer una demanda que nadie planificó.
Brasil superó el gigavatio de capacidad de tecnologías de la información en centros de datos en abril de 2026: unos 300 MW más que los cuatro mercados latinoamericanos siguientes sumados. Una medición distinta sitúa la capacidad instalada regional en 1,1 GW en 2025, un 20% más que el año anterior, con tres ciudades —São Paulo, Barueri y Querétaro— concentrando el 82% del stock nuevo. Las dos cifras provienen de fuentes diferentes y probablemente miden universos distintos —capacidad de tecnologías de la información frente a capacidad instalada total—, por lo que no deben sumarse ni compararse directamente.
Los anuncios pendientes son de otro orden de magnitud. El proyecto de OpenAI y Sur Energy en la Patagonia argentina contempla hasta 25.000 millones de dólares y 500 MW, con una primera fase de 100 MW en 2027. Amazon comprometió 4.000 millones para una región de nube en Chile y 5.000 millones en Querétaro. Scala anunció en Rio Grande do Sul un proyecto que arranca en 54 MW y proyecta 4,7 GW.
Un solo centro de datos de 500 MW consume, funcionando continuamente, más electricidad que varias ciudades intermedias de la región.
Esa demanda es una oportunidad real: es industria de alto valor que llega atraída, entre otras cosas, por la matriz limpia. Pero llega a un sistema que pierde el 17% de lo que genera, que no comercia con sus vecinos y que se raciona cuando no llueve. Y llega a discutir prioridad de conexión y precio con los mismos hogares que ya pagan la electricidad más cara del hemisferio.
Ninguna autoridad regulatoria de la región ha explicado públicamente cómo va a resolver ese conflicto. La versión optimista es que la nueva demanda financiará la inversión en redes que nunca se hizo. La otra es que competirá por una capacidad escasa y subirá la tarifa de todos.
V. Qué hay que arreglar, y no es lo que se discute
El debate energético latinoamericano se libra casi por completo sobre la generación: cuánta renovable, cuánto gas, cuánta nuclear, qué subastas. Es el debate equivocado, porque la generación es lo único que la región resolvió bien.
Los tres problemas están aguas abajo.
Las pérdidas. Diecisiete por ciento contra un tercio de eso en la OCDE. Reducirlas a la mitad liberaría más energía que cualquier parque solar que la región pueda construir esta década, y a una fracción del costo. Requiere medidores, catastros de red, cobranza y capacidad de perseguir la conexión clandestina: es decir, capacidad estatal, otra vez.
La interconexión. Dos tercios de la capacidad instalada ociosa y casi tres veces más kilómetros proyectados que construidos. Es el único caso de integración regional donde el beneficio es inmediato, medible y no requiere ceder soberanía regulatoria: solo despachar energía cuando el vecino la necesita.
La tarifa. Este es el punto donde un liberal tiene que ser especialmente honesto, porque la respuesta incomoda a los dos lados. Congelar tarifas —que es lo que hicieron casi todos los gobiernos de la región en algún momento— no baja el precio de la energía: lo traslada al futuro. Chile lo comprobó: su tarifa actual incluye un cargo de deuda de entre el 10% y el 11% que corresponde a los años de congelamiento. La cuenta llegó igual, con intereses y con siete años de retraso.
Pero decir eso no equivale a decir que el precio actual sea correcto. Una tarifa que incorpora un 17% de pérdidas, respaldo térmico ocioso e interconexiones sin usar no es un precio de mercado: es la factura de una ineficiencia con apariencia de precio de mercado.
La región no tiene un problema de energía cara. Tiene un problema de energía barata que llega cara, y esa distinción es toda la política pública que falta.
El Ágora
Réplicas
No es un muro. Una tesis, corta, sobre esta pieza. Grok puede afinarla al estándar de la casa antes de publicarla.
Politarca es un medio liberal de centroderecha que reporta el poder en América Latina. Conflictos de interés: la dirección declara no tener relación comercial con las instituciones cubiertas en esta pieza.
Cita: El Erario (2026). “La matriz más limpia del mundo y la luz más cara”. Politarca. Chile.




