Empecemos por la confesión, porque de ella depende todo lo demás.
Nos propusimos escribir el ensayo obvio: cómo las redes sociales reconfiguraron la política latinoamericana, con la evidencia de los casos que todos citan —Bolsonaro y WhatsApp en 2018, Milei y TikTok, la maquinaria digital de Bukele, la campaña de Rodolfo Hernández en Colombia—.
No encontramos la evidencia. Ni un estudio académico empírico que mida la relación entre uso de redes sociales y voto populista o antisistema en América Latina. Ni cifras verificables de gasto en publicidad digital o alcance de esas campañas. Ni investigación sobre el peso específico de WhatsApp en la difusión política regional, más allá de una referencia periodística de 2019 sobre Brasil.
Puede que exista y que no hayamos dado con ella. Pero el hecho de que no aparezca al buscarla es, en sí mismo, notable: la explicación causal más repetida de la política latinoamericana contemporánea circula sin respaldo público accesible.
Así que este ensayo trata de otra cosa: de lo que sí está medido, que resultó ser bastante más inquietante que la hipótesis original.
I. Lo que sí sabemos, y es un cambio de era
El Digital News Report del Reuters Institute, edición de junio de 2026, contiene un hallazgo que su autor principal formuló sin adornos: por primera vez a escala global, las plataformas son más populares como fuente de noticias que la televisión y que los sitios y aplicaciones de medios.
No "tan populares como". Más.
Y la confianza global en las noticias está en el 37%.
El desglose latinoamericano es peor, y su velocidad es lo alarmante. Estos son los niveles de confianza en las noticias y su variación en un solo año:
| País | Confianza | Variación anual |
|---|---|---|
| Brasil | 36% | −6 |
| Chile | 34% | −2 |
| Perú | 32% | −8 |
| México | 31% | −5 |
| Argentina | 26% | −6 |
| Colombia | 25% | −7 |
Cinco de los seis países perdieron entre cinco y ocho puntos de confianza en un año. En Colombia y Argentina, tres de cada cuatro ciudadanos no confían en las noticias que reciben.
Y el desplazamiento de las fuentes está documentado país por país:
Brasil. Las redes sociales mantienen nueve puntos de ventaja sobre la televisión como fuente semanal de noticias. El 33% obtiene contenido de creadores o influencers centrados en noticias. Un 13% usa semanalmente chatbots de inteligencia artificial para informarse.
México. Dos tercios de la población (66%) usa redes sociales para informarse. El uso semanal de televisión para noticias cayó al 34%, casi la mitad de lo que era en 2017.
Perú. Las redes suben cinco puntos en un año y la brecha con la televisión "continúa ampliándose". Entre los menores de treinta y cinco años, las redes son la fuente principal de noticias para el 49%.
Colombia. El 35% se informa semanalmente a través de creadores o influencers, proporción que sube al 40% entre los 18 y los 24 años. La televisión cae cinco puntos y la prensa impresa cuatro. El 60% declara preocupación por su capacidad de distinguir información real de falsa en internet.
Argentina. Casi ocho de cada diez se informan en línea. Solo el 43% se declara extremada o muy interesado en las noticias. Y hay un dato que merece atención: Luzu TV, un canal de streaming, es citado como fuente de noticias por el 13% de los argentinos —frente al 8% del año anterior— y por el 19% de los menores de treinta y cinco.
Chile. La prensa impresa alcanzó su nivel más bajo de consumo desde 2017. YouTube se consolidó como plataforma clave y la radio sigue siendo el medio más confiable en crisis.
En Brasil, el acceso a noticias en papel cayó del 50% en 2013 al 10% en 2025. En doce años, la prensa impresa brasileña perdió cuatro de cada cinco lectores.
II. Por qué la hipótesis obvia es más débil de lo que parece
Con esos datos, la tentación es cerrar el argumento: las redes desplazaron a los medios, la confianza colapsó, y por eso ganan los outsiders.
Pero hay tres razones para desconfiar de ese salto.
La primera es de dirección causal. La confianza en los medios latinoamericanos venía cayendo desde antes de que las redes fueran mayoritarias, y la confianza en los partidos políticos —17% regional— y en el Congreso —24%— cayó en paralelo, sin que nadie sostenga que TikTok es responsable del desprestigio del Congreso peruano. Es igual de plausible que la gente haya abandonado los medios porque dejó de creerles, y no que haya dejado de creerles porque los abandonó.
La segunda es de secuencia histórica. América Latina eligió outsiders antifiguras del sistema mucho antes de que existieran las redes sociales. Fujimori ganó en 1990. Chávez en 1998. Collor de Mello en 1989, con televisión abierta. El fenómeno que las redes supuestamente causan es más viejo que las redes.
La tercera es de aritmética. El 33% de los brasileños y el 35% de los colombianos se informan a través de creadores de contenido. Es mucho, y es transformador para la industria de los medios. Pero significa que dos tercios no lo hacen. Ninguna elección se decide con un tercio.
III. Lo que sí cambió, y es más profundo
Hay un cambio real, y no es el que se suele nombrar. No es que la gente crea mentiras. Es que dejó de existir un lugar donde discutirlas.
La función política del sistema de medios del siglo XX no era informar bien —muchas veces informaba mal—. Era producir una versión compartida de los hechos sobre la cual discrepar. Dos personas con ideologías opuestas veían el mismo noticiero, leían el mismo titular y peleaban sobre qué significaba. La discusión era sobre la interpretación.
Cuando el 60% de los colombianos declara no poder distinguir información real de falsa, y cuando el 49% de los peruanos menores de treinta y cinco se informa principalmente por redes, lo que se rompe no es la calidad de la información. Es el sustrato común. La discusión deja de ser sobre qué significa un hecho y pasa a ser sobre si el hecho ocurrió.
Y ahí sí hay una consecuencia política directa, y es la que debería preocupar a un liberal más que ninguna otra: una democracia puede funcionar con ciudadanos que discrepan profundamente. No puede funcionar con ciudadanos que habitan hechos distintos. El desacuerdo se negocia; la realidad paralela, no.
IV. Lo que la regulación ya intentó
El único episodio regulatorio de escala en la región está bien documentado y merece contarse completo, porque fija un precedente que ningún país ha discutido en serio.
En 2024, Brasil bloqueó X en todo su territorio.
La secuencia: el 6 de abril de 2024 el ministro Alexandre de Moraes, del Supremo Tribunal Federal, ordenó suspender cuentas vinculadas a los ataques del 8 de enero de 2023 en Brasilia; el dueño de la plataforma desafió públicamente la orden. El 17 de agosto X cerró su oficina en Brasil tras amenazas de arresto contra su representante legal. El 28 de agosto venció un plazo de veinticuatro horas para designar representante sin que se cumpliera. El 30 de agosto Moraes ordenó la suspensión y estableció una multa diaria de cincuenta mil reales —unos nueve mil dólares— para los usuarios que accedieran mediante VPN, y congeló activos de Starlink. El bloqueo entró en vigor pasada la medianoche del 31 de agosto. El 13 de septiembre Brasil incautó 18,35 millones de reales de cuentas de X y Starlink. El 8 de octubre se levantó el bloqueo, tras el pago de las multas y la designación de representante legal.
Un panel de cinco jueces confirmó la medida el 2 de septiembre de 2024. La base legal fue el Marco Civil da Internet de 2014. El 10 de marzo de 2026, Moraes cerró la investigación sobre el dueño de la plataforma tras invocar el Procurador General insuficiencia de pruebas.
Vale la pena separar dos cosas que el debate mezcla.
Que un Estado exija a una plataforma extranjera cumplir sus leyes y tener representación legal en su territorio es enteramente razonable, y es lo que hace la Unión Europea. Que un juez individual multe a los ciudadanos por usar una VPN es otra cosa completamente distinta, y es un precedente que ningún liberal debería querer: convierte al usuario en infractor por acceder a información, que es la definición exacta de censura al lector.
El resto de la región no ha legislado. El proyecto brasileño sobre plataformas sigue sin convertirse en ley. México y Chile no tienen marco. Y mientras tanto, el precedente que existe en América Latina no es una ley: es una orden judicial con multa a los usuarios.
V. Lo que hay que investigar, y quién debería hacerlo
Este ensayo termina donde empezó, que es en una ausencia.
Sabemos que las plataformas superaron a la televisión. Sabemos que la confianza en las noticias cayó entre cinco y ocho puntos en un año en cinco países. Sabemos que un tercio de brasileños y colombianos se informa por creadores de contenido, y la mitad de los peruanos jóvenes por redes. Sabemos que el 60% de los colombianos no se siente capaz de distinguir lo verdadero de lo falso.
No sabemos qué efecto tiene nada de eso sobre el voto. No en América Latina, no con evidencia pública verificable.
Hay una literatura internacional que sugiere que el efecto de la desinformación sobre el comportamiento electoral es considerablemente menor de lo que el sentido común supone, porque quien consume desinformación suele ya estar convencido. No la citamos porque no la verificamos. Pero su existencia debería bastar para que nadie afirme lo contrario sin datos.
Y esa ausencia tiene una consecuencia práctica inmediata: se está regulando sin saber. Brasil bloqueó una plataforma entera y multó a sus usuarios sobre la base de una teoría del daño que nadie midió. Argentina presentó sesenta y tres proyectos sobre tecnologías digitales en trece meses. Ninguno de esos textos se apoya en una estimación del efecto que pretende corregir.
Un medio con la posición de este debería sostener dos cosas a la vez, y aquí las sostiene.
La primera es que la libertad de expresión no admite jueces individuales multando a lectores, y que el reflejo regulatorio latinoamericano —resolver problemas de información con derecho penal y órdenes judiciales— es predeciblemente peor que el problema.
La segunda es que el diagnóstico de que "las redes lo explican todo" es, hasta que alguien lo mida, exactamente el tipo de afirmación cómoda y sin evidencia que este medio existe para no publicar.
Las universidades latinoamericanas tienen los datos electorales, tienen los datos de encuestas y tienen los paneles de consumo de medios. La pregunta está formulada desde hace ocho años. Alguien debería contestarla antes de que se legisle sobre ella.
El Ágora
Réplicas
No es un muro. Una tesis, corta, sobre esta pieza. Grok puede afinarla al estándar de la casa antes de publicarla.
Politarca es un medio liberal de centroderecha que reporta el poder en América Latina. Conflictos de interés: la dirección declara no tener relación comercial con las instituciones cubiertas en esta pieza.
Cita: Biblioteca Politarca (2026). “Todo el mundo sabe que las redes ganaron la elección. Nadie lo ha medido.”. Politarca. América Latina.




